¿Puede una persona inmunocomprometida tener una mascota?

27 Junio, 2020
Este artículo ha sido escrito y verificado por el biólogo Samuel Sanchez
La inmunosupresión en seres humanos es una condición difícil de afrontar, pues está directamente relacionada con enfermedades severas. Debido a la fragilidad de los pacientes, es necesario tomar ciertas medidas si hay una mascota en el hogar.
 

La enfermedad en humanos y la posesión de mascotas no siempre son términos compatibles. Una persona inmunocomprometida debe tener cuidado, pues diversas patologías que un sistema inmune sano combatiría de forma eficaz, pueden suponerle un problema. Es por esto que no siempre se recomienda tener mascotas a pacientes con algún tipo de inmunosupresión.

Aún así, privar de la compañía de un animal a una persona que está pasando por un momento delicado puede ser, cuanto menos, contraproducente. Las mascotas distraen a los tutores de sus problemas diarios, aportan compañía, comprensión y una atención que, en muchos casos, otros humanos no pueden brindar. Es por ello que aquí te comentamos hasta qué punto es recomendable que una persona inmunocomprometida posea un animal.

¿Qué es la inmunosupresión?

Para entender las limitaciones de una persona que sufre inmunosupresión, es necesario delimitar el término. Esta palabra hace referencia a la inhibición de uno o más componentes del sistema inmunitario adaptativo o innato. Puede darse como resultado de una enfermedad subyacente o de forma intencional mediante el uso de fármacos u otros tratamientos.

Algunas de las patologías que generan inmunosupresión son las siguientes:

  • Cáncer, sobre todo durante el tratamiento con radioterapia o quimioterapia.
  • VIH.
  • Cirrosis hepática.
  • Personas con trasplantes de órganos.
  • Personas sometidas a tratamientos biológicos frente enfermedades autoinmunes.

Todas estas situaciones provocan que el sistema inmune funcione por debajo del índice de normalidad. Por ello, estas personas son susceptibles a microorganismos que se encuentran en todas partes, incluidas las superficies externas e internas de las mascotas

 
Un paciente inmunocomprometido con un perro.

¿Puede una persona inmunocomprometida tener una mascota?

La respuesta, aunque desalentadora, es clara: mejor que no. Las mascotas aportan beneficios indudables en pacientes con enfermedades crónicas, tanto fisiológicos como psicológicos, pero los agentes zoonóticos transmitidos por animales de compañía son múltiples.

Diversos estudios recogen que perros y gatos poseen diversos hongos, bacterias, parásitos y virus que pueden llegar a infectar a una persona inmunocomprometida. Estos microorganismos se transmiten a los humanos por arañazos, mordeduras, heces e incluso saliva. Un gesto tan inofensivo como el lamido de un can puede ser un potencial peligro para un enfermo crónico.

Es por esto que adquirir un animal durante un momento delicado de salud no está aconsejado. Además, si el paciente vive solo es posible que requiera de ingresos periódicos o estancias prolongadas en el hospital. Esto no es en absoluto beneficioso para la mascota, que puede llegar a verse desatendida y sentirse sola.

El mejor consejo ante una enfermedad es mirar al futuro. Casi siempre las patologías son transitorias, y es muy probable que la persona que las sufra pueda recuperar un estilo de vida normal en cuestión de tiempo. Una vez recuperada, siempre podrá plantearse adquirir un animal.

 

¿Y si la persona enferma ya tenía una mascota antes de ser diagnosticada?

Ante esta consideración, siempre es posible tratar de recurrir a un familiar o amigo para que se haga cargo del animal durante el tratamiento de la enfermedad. Si esto no es una opción o el apego con al animal es muy intenso, existen diversos pasos a seguir:

  • Solicitar información al veterinario sobre las posibles enfermedades zoonóticas que la mascota puede transmitir al paciente.
  • Realizar un examen a cada una de las mascotas del hogar en búsqueda de agentes infecciosos.
  • Mantener a la mascota en un entorno higiénico, limpio y saludable.
  • Tener el calendario de vacunación del animal al día.
  • Lavarse bien las manos y brazos tras manipular a la mascota. Esto también implica minimizar el contacto con sus heces y superficies de estancia prolongada del animal. Es conveniente utilizar guantes a la hora de manejar estos elementos.
  • No administrar al animal alimentos crudos por sanos que estos puedan ser. Esto aumenta la posibilidad de que este presente bacterias patógenas y se las transmita al tutor.
  • En mamíferos, evitar la infestación de pulgas y garrapatas con collares y otros desparasitantes, pues estos invertebrados son vectores de muchas enfermedades.

Todas estas consideraciones son necesarias para mantener a la persona inmunocomprometida en las situaciones más asépticas posibles y que a la vez pueda disfrutar de su animal de compañía. 

Dos personas enfermas con un perro.
 

Una amistad en la salud y en la enfermedad

Es necesario recalcar que una mascota es, además de un compañero vital, una obligación. Es por ello que abandonar al animal nunca está justificado, por difícil que pueda ser la situación de los tutores. Además de ser una acción muy poco ética, el abandono animal está penado por la ley.

Siempre existen opciones tales como acudir a protectoras, amigos, conocidos o incluso personas que se ofrecen voluntarias, apasionadas de los animales que están más que dispuestas a cuidar de una mascota durante tiempos de dificultad. Además, como hemos podido ver en estas líneas, la delicada salud de un paciente y la presencia de una mascota en la casa no tienen por qué ser incompatibles, siempre y cuando se tomen las medidas adecuadas.

 

 

  • Inmunosupresión, wikipedia. Recogido a 26 de junio en https://es.wikipedia.org/wiki/Inmunosupresi%C3%B3n
  • Mascotas y la persona inmunocomprometida, medlineplus. Recogido a 26 de junio en https://medlineplus.gov/spanish/ency/article/003967.htm.
  • López, J., Peña, A., Pérez, R., & Abarca, K. (2013). Tenencia de mascotas en pacientes inmunocomprometidos: actualización y consideraciones veterinarias y médicas. Revista chilena de infectología30(1), 52-62. Recogido a 26 de junio.